Giovanni Sartori.
HOMO VIDENS: la sociedad
teledirigida.
Selección de texto
Prefacio
“Nos encontramos en plena y rapidísima
revolución multimedia. Un proceso que tiene numerosas
ramificaciones (internet, ordenadores personales, ciberespacio) y que, sin
embargo, se caracteriza por un común denominador: tele-ver, y, como
consecuencia, nuestro vídeo-vivir. En este libro centraremos nuestra
atención en la televisión, y la tesis de fondo es que el vídeo está transformando
al horno sapiens, producto de la cultura escrita, en un hormo videns para
el cual la palabra está destronada por la imagen. Todo acaba siendo
visualizado. Pero ¿qué sucede con lo no visualizable (que es la mayor parte)?
Así, mientras nos preocuparnos de quién controla los medios de comunicación, no
nos percatamos de que es el instrumento en sí mismo y por sí mismo lo que se
nos ha escapado de las manos. Lamentamos el hecho de que la televisión estimule
la violencia, y también de que informe poco y mal, o bien de que sea
culturalmente regresiva (como ha escrito Habermas). Esto es verdad. Pero es aún
más cierto y aún más importante entender que el acto de telever está cambiando
la naturaleza del hombre. Esto es el porro unum, lo esencial, que hasta
hoy día ha pasado inadvertido a nuestra atención. Y, sin embargo, es bastante
evidente que el mundo en el que vivimos se apoya sobre los frágiles hombros del
«vídeo-niño»: un novísimo ejemplar de ser humano educado en el tele-ver
—delante de un televisor— incluso antes de saber leer y escribir.
En la primera parte de este
libro me ocupo y preocupo de la primacía de la imagen, es decir, de la
preponderancia de lo visible sobre lo inteligible, lo cual nos lleva a un ver
sin entender. Y es ésta la premisa fundamental con la cual examino
sucesivamente la vídeo-política, y el poder político de la televisión.
Pero a lo largo de este recorrido mi atención se concentra en la pai- deía, en
el crecimiento del vídeo-niño, en los procesos formadores de la opinión pública
y en cuanto saber pasa, y no pasa, a través de los canales de la comunicación
de masas. El más cáustico en esta cuestión es Baudrillard:
«La información, en lugar de transformar la masa en energía, produce todavía más masa». Es cierto que la televisión, a diferencia de los instrumentos de comunicación que la han precedido (hasta la radio), destruye más saber y más entendimiento del que transmite. Quede, pues, claro: ataco al homo videns, pero no me hago ilusiones. No pretendo frenar la edad multimedia. Sé perfectamente que en un periodo de tiempo no demasiado largo una mayoría de la población de los países opulentos tendrá en casa, además de la televisión, un mini-ordenador conectado a Internet. Este desarrollo es inevitable y, en último extremo, útil; pero es útil siempre que no desemboquemos en la vida inútil, en un modo de vivir que consista sólo en matar el tiempo. Así pues, no pretendo detener lo inevitable. Sin embargo, espero poder asustar lo suficiente a los padres sobre lo que podría sucederle a su vídeo-niño, para que así lleguen a ser padres más responsables. Espero que la escuela abandone la mala pedagogía y la degradación en la que ha caído. Y, por tanto, tengo fe en una escuela apta para oponerse a ese postpensamiento que ella misma está ayudando a crear”. (…)
«La información, en lugar de transformar la masa en energía, produce todavía más masa». Es cierto que la televisión, a diferencia de los instrumentos de comunicación que la han precedido (hasta la radio), destruye más saber y más entendimiento del que transmite. Quede, pues, claro: ataco al homo videns, pero no me hago ilusiones. No pretendo frenar la edad multimedia. Sé perfectamente que en un periodo de tiempo no demasiado largo una mayoría de la población de los países opulentos tendrá en casa, además de la televisión, un mini-ordenador conectado a Internet. Este desarrollo es inevitable y, en último extremo, útil; pero es útil siempre que no desemboquemos en la vida inútil, en un modo de vivir que consista sólo en matar el tiempo. Así pues, no pretendo detener lo inevitable. Sin embargo, espero poder asustar lo suficiente a los padres sobre lo que podría sucederle a su vídeo-niño, para que así lleguen a ser padres más responsables. Espero que la escuela abandone la mala pedagogía y la degradación en la que ha caído. Y, por tanto, tengo fe en una escuela apta para oponerse a ese postpensamiento que ella misma está ayudando a crear”. (…)
1. HOMO SAP1ENS
“Horno
sapiens: de
este modo clasificaba Línneo a la especie humana en su Sistema de la Naturaleza , de
1758. Fisiológicamente, el horno sapiens no posee nada que lo haga único
entre los primates (el género al que pertenece la especie de la raza humana).
Lo que hace único al horno sapiens es su capacidad simbólica; lo que
indujo a Ernst Cassirer a definir al hombre como un «animal simbólico».
Cassirer lo explica así:
El hombre no vive en un universo puramente
físico sino en un universo simbólico. Lengua, mito, arte y religión [...] son los diversos hilos que
componen el tejido simbólico [...].Cualquier progreso humano en el campo del
pensamiento y de la experiencia refuerza este tejido [...]. La definición del
hombre como animal racional no ha
perdido nada de su valor [...] pero es fácil observar que esta
definición es una parte del total. Porque al lado del lenguaje conceptual hay
un lenguaje del sentimiento, al lado del lenguaje lógico o científico está el
lenguaje de la imaginación poética. Al principio, el lenguaje no expresa
pensamientos o ideas, sino sentimientos y afectos. (1948. Paginas 47-49)
Así
pues, la expresión animal symbolicum comprende todas las formas de la
vida cultural del hombre. Y la capacidad simbólica de los seres humanos se
despliega en el lenguaje, en la capacidad de comunicar mediante una
articulación de sonidos y signos «significantes», provistos de significado.
Actualmente, hablamos de lenguajes en plural, por tanto, de lenguajes cuyo
significante no es la palabra: por ejemplo, el lenguaje del cine, de las artes
figurativas, de las emociones, etcétera. Pero éstas son acepciones metafóricas.
Pues el lenguaje esencial que de verdad caracteriza e instituye al hombre como
animal simbólico es «lenguaje-palabra», el lenguaje de nuestra habla. Digamos,
por tanto, que el hombre es un animal parlante, un animal loquax «que
continuamente está hablando consigo mismo» (Cassirer, 1948, pág. 47) y que ésta
es la característica que lo distingue radicalmente de cualquier especie de ser
viviente. A esto se podría replicar que los animales también comunican con un
lenguaje propio. Sí, pero no del todo. El llamado lenguaje animal transmite
señales. Y la diferencia fundamental es que el hombre posee un lenguaje capaz
de hablar de sí mismo. El hombre reflexiona sobre lo que dice. Y no sólo el
comunicar, sino también el pensar y el conocer que caracterizan al hombre como
animal simbólico se construyen en lenguaje y con el lenguaje.
El
lenguaje no es sólo un instrumento del comunicar, sino también del pensar. Y el
pensar no necesita del ver. Un ciego está obstaculizado, en su pensar, por el
hecho de que no puede leer y, por tanto, tiene un menor soporte del saber
escrito, pero no por el hecho de que no ve las cosas en las que piensa. A decir
verdad, las cosas en las que pensamos no las ve ni siquiera el que puede ver:
no son «visibles»”. (…)
“La televisión —como su propio nombre indica—
es «ver desde lejos» (tele), es decir, llevar ante los ojos de un
público de espectadores cosas que puedan ver en cualquier sitio, desde
cualquier lugar y distancia. Y en la televisión el hecho de ver prevalece
sobre el hecho de hablar, en el sentido de que la voz del medio, o de un
hablante, es secundaria, está en función de la imagen, comenta la
imagen. Y, como consecuencia, el telespectador es más un animal vidente que
un animal simbólico. Para él las cosas representadas en imágenes cuentan y
pesan más que las cosas dichas con palabras. Y esto es un cambio radical de
dirección, porque mientras que la capacidad simbólica distancia al horno
sapiens del animal, el hecho de ver lo acerca a sus capacidades
ancestrales, al género al que pertenece la especie del horno sapiens”.
“Hasta la llegada de la televisión a mediados
de nuestro siglo, la acción de «ver» del hombre se había desarrollado en dos
direcciones: sabíamos engrandecer lo más pequeño (con el microscopio), y
sabíamos ver a lo lejos (con el binóculo y aún más con el telescopio). Pero la
televisión nos permite verlo todo sin tener que movernos: lo visible nos
llega a casa, prácticamente gratis, desde cualquier lugar. Sin embargo no era
suficiente. En pocas décadas el progreso tecnológico nos ha sumergido en la
edad cibernética, desbancando —según dicen— a la televisión. En efecto hemos pasado, o
estamos pasando, a una edad «multimedia» en la cual, como su nombre indica, los
medios de comunicación son numerosos y la televisión ha dejado de ser la reina
de esta multimedialidad. El nuevo soberano es ahora el ordenador. Porque el
ordenador (y con él la digitalización de todos los medios) no sólo unifica la
palabra, el sonido y las imágenes, sino que además introduce en los «visibles»
realidades simuladas, realidades virtuales”.
“Pero no acumulemos demasiadas cosas. La
diferencia en la que debemos detenernos es que los medios visibles en cuestión
son dos, y que son muy diferentes. La televisión nos muestra imágenes de cosas
reales, es fotografía y cinematografía de lo que existe. Por el contrario,
el ordenador cibernético (para condensar la idea en dos palabras) nos enseña
imágenes imaginarias. La llamada realidad virtual es una irrealidad que
se ha creado con la imagen y que es realidad sólo en la pantalla. Lo virtual, las simulaciones
amplían desmesuradamente las posibilidades de lo real; pero no son realidades”.
2. EL VIDEO
NIÑO
“Así pues, el cambio de agujas se ha
producido por el hecho de informarse viendo. Este cambio empieza con la
televisión. Por tanto, comienzo también yo por tele-ver. Sean cuales sean los
desarrollos virtuales del vídeo-ver posteriores a la televisión (vid. mfra, págs.
53 y sigs.), es la televisión la que modifica primero, y fundamentalmente, la
naturaleza misma de la comunicación, pues la traslada del contexto de la
palabra (impresa o radiotransmitida) al contexto de la imagen. La diferencia es
radical. La palabra es un «símbolo» que se resuelve en lo que significa, en lo
que nos hace entender. Y entendemos la palabra sólo si podemos, es decir, si
conocemos la lengua a la que pertenece; en caso contrario, es letra muerta, un
signo o un sonido cualquiera. Por el contrario, la imagen es pura y simple
representación visual.
La
imagen se ve y eso es suficiente; y para verla basta con poseer el sentido de
la vista, basta con no ser ciegos. La imagen no se ve en chino, árabe o inglés;
como ya he dicho, se ve y es suficiente.
Está claro, pues, que el caso de la
televisión no puede ser tratado por analogía, es decir, como si la televisión
fuera una prolongación y una mera ampliación de los instrumentos de
comunicación que la han precedido. Con la televisión, nos aventuramos en una
novedad radicalmente nueva. La televisión no es un anexo; es sobre todo una
sustitución que modifica sustancialmente la relación entre entender y ver.
Hasta hoy día, el mundo, los acontecimientos del mundo, se nos relataban (por
escrito); actualmente se nos muestran, y el relato (su explicación) está
prácticamente sólo en función de las imágenes que aparecen en la pantalla.
Si
esto es verdad, podemos deducir que la televisión está produciendo una
permutación, una metamorfosis, que revierte en la naturaleza misma del hommo
sapiens. La televisión no es sólo instrumento de comunicación; es también,
a la vez, paideía, un instrumento «antropogenético», un médium que genera un nuevo
ánthropos, un nuevo tipo de ser humano”. (…)
“(…) Por encima de todo, la verdad es que la
televisión es la primera escuela del niño (la escuela divertida que precede a
la escuela aburrida); y el niño es un animal simbólico que recibe su imprint,
su impronta educacional, en imágenes de un mundo centrado en el hecho de
ver. En esta paideía, la predisposición a la violencia es, decía, sólo
un detalle del problema. El problema es que el niño es una esponja que registra
y absorbe indiscriminadamente todo lo que ve (va que no posee aún capacidad de
discriminación). Por el contrario, desde el otro punto de vista, el niño
formado en la imagen se reduce a ser un hombre que no lee, y,
por tanto, la mayoría de las veces, es un ser «reblandecido por la televisión»,
adicto de por vida a los videojuegos”.
“No podría describir mejor al vídeo-niño, es
decir, el niño que ha crecido ante un televisor. ¿Este niño se convierte algún
día en adulto? Naturalmente que sí, a la fuerza. Pero se trata siempre de un
adulto sordo de por vida a los estímulos de la lectura y del saber transmitidos
por la cultura escrita. Los estímulos ante los cuales responde cuando es adulto
son casi exclusivamente audiovisuales. Por tanto, el vídeo-niño no crece mucho
más. A los treinta años es un adulto empobrecido, educado por el mensaje: «la
cultura, qué rollazo», de Ambra Angiolini (l’enfantprodige que animaba
las vacaciones televisivas), es, pues, un adulto marcado durante toda su vida
por una atrofia cultural.
El término cultura posee dos significados. En
su acepción antropológica y sociológica quiere decir que todo ser humano vive
en la esfera de su cultura. Si el hombre es, como es, un animal simbólico, de
ello deriva eo ipso que vive en un contexto coordinado de valores, creencias, conceptos y,
en definitiva, de simbolizaciones que constituyen la cultura. Así pues, en esta
acepción genérica también el hombre primitivo o el analfabeto poseen cultura. Y
es en este sentido en el que hoy hablamos, por ejemplo, de una cultura del
ocio, una cultura de la imagen y una cultura juvenil. Pero cultura es además
sinónimo de «saber»: una persona culta es una persona que sabe, que ha
hecho buenas lecturas o que, en todo caso, está bien informada.
En esta acepción restringida y apreciativa,
la cultura es de los «cultos», no de los ignorantes. Y éste es el sentido que
nos permite hablar (sin contradicciones) de una «cultura de la incultura» y
asimismo de atrofia y pobreza cultural.
Es cierto que «las sociedades siempre han
sido plasmadas por la naturaleza de los medios de comunicación mediante los
cuales comunican más que por el contenido de la comunicación. El alfabeto, por
ejemplo, es una tecnología absorbida por el niño [...] mediante ósmosis, por llamarlo
así» (McLuhan y Fiore, 1967, pág. 1). Pero no es verdad que «el alfabeto y la
prensa hayan promovido un proceso de fragmentación, de especialización y de
alejamiento [mientras que] la tecnología electrónica promueve la unificación y
la inmersión» (ibídem.) Si acaso es verdad lo contrario. Ni
siquiera estas consideraciones pueden demostrar superioridad alguna de la
cultura audio-visual sobre la cultura escrita”.
4. PROGRESOS Y REGRESIONES
Damos por descontado que todo progreso tecnológico es, por definición,
un progreso. Sí y no. Depende de qué entendamos por progreso. Por sí mismo,
progresar es sólo «ir hacia delante» y esto comporta un crecimiento. Y no está
claro que este aumento tenga que ser positivo. También de un tumor podemos
decir que crece, y en este caso lo que aumenta es un mal, una enfermedad. En
numerosos contextos, pues, la noción de progreso es neutra. Pero con respecto a
la progresión de la historia, la noción de progreso es positiva. Para la Ilustración , y aún
hoy para nosotros, progreso significa un crecimiento de la civilización, un
avance hacia algo mejor, es decir, una mejoría. Y cuando la televisión se
define como un progreso, se sobreentiende que se trata de un
crecimiento«bueno».
Pero
atención: aquí no estamos hablando del progreso de la televisión (de su
crecimiento), sino de una televisión que produce progreso. Y una segunda
advertencia: una mejora que sea sólo cuantitativa no es por sí misma una
mejora; es solamente una extensión, un mayor tamaño o penetración. El progreso
de una epidemia y, por tanto, su difusión, no es —por así decirlo— un progreso
que ayuda al progreso. La advertencia es, pues, que un aumento cuantitativo no
mejora nada si no está acompañado de un progreso sustancial
En
líneas generales (lo iremos viendo detalladamente) es cierto que la televisión
entretiene y divierte: el horno ludens, el hombre como animal que goza,
que le encanta jugar, nunca ha estado tan satisfecho y gratificado en toda su
historia. Pero este dato positivo concierne a la «televisión espectáculo».
No obstante, si la televisión transforma todo
en espectáculo, entonces la valoración cambia.
5. EL EMPOBRECIMIENTO DE LA CAPACIDAD DE ENTENDER
El horno
sapiens —volvemos a él— debe todo su saber y todo el avance de su entendimiento a su capacidad de
abstracción. Sabemos que las palabras que articulan el lenguaje humano son
símbolos que evocan también representaciones» y, por tanto, llevan a la mente
figuras, imágenes de cosas visibles y que hemos visto. Pero esto sucede sólo
con los nombres propios y con las «palabras concretas» (lo digo de este modo
para que la exposición sea más simple), es decir, palabras como casa, cama,
mesa, carne, automóvil, gato, mujer, etcétera, nuestro vocabulario de orden
práctico.
De
otro modo, casi todo nuestro vocabulario cognoscitivo y teórico consiste en palabras
abstractas que no tienen ningún correlato en cosas visibles, y cuyo
significado no se puede trasladar ni traducir en imágenes. Ciudad es todavía
algo que podemos «ver»; pero no nos es posible ver nación, Estado, soberanía,
democracia, representación, burocracia, etcétera; son conceptos abstractos
elaborados por procesos mentales de abstracción que están construidos por
nuestra mente como entidades. Los conceptos de justicia, legitimidad,
legalidad, libertad, igualdad, derecho (y derechos) son asimismo abstracciones
«no visibles». Y aún hay más, palabras como paro, inteligencia, felicidad son
también palabras abstractas. Y toda nuestra capacidad de administrar la
realidad política, social y económica en la que vivimos, y a la que se somete
la naturaleza del hombre, se fundamenta exclusivamente en un pensamiento
conceptual que representa —para el ojo desnudo— entidades invisibles e
inexistentes. Los llamados primitivos son tales porque —fábulas aparte— en su
lengua destacan palabras concretas: lo cual garantiza la comunicación, pero
escasa capacidad científico-cognoscitiva. Y de hecho, durante milenios los
primitivos no se movieron de sus pequeñas aldeas y organizaciones tribales.
Por ejemplo, el desempleo se traduce en la imagen del desempleado; la
felicidad en la fotografía de un rostro que expresa alegría; la libertad nos
remite a una persona que sale de la cárcel. Incluso podemos ilustrar la palabra
igualdad mostrando dos pelotas de billar y diciendo: «he aquí objetos iguales»,
o bien representar la palabra inteligencia mediante la imagen
de un cerebro. Sin embargo, todo ello son sólo distorsiones de esos conceptos en cuestión; y las posibles traducciones que he sugerido no traducen prácticamente nada. La imagen de un hombre sin trabajo no nos lleva a comprender en modo alguno la causa del desempleo y cómo resolverlo. De igual manera, el hecho de mostrar a un detenido que abandona la cárcel no nos explica la libertad, al igual que la figura de un pobre no nos explica la pobreza, ni la imagen de un enfermo nos hace entender qué es la enfermedad. Así pues, en síntesis, todo el saber del horno sapiens se desarrolla en la esfera de un mundus intelligibilis (de conceptos y de concepciones mentales) que no es en modo alguno el mundus sensibilis, el mundo percibido por nuestros sentidos. Y la cuestión es ésta: la televisión invierte la evolución de lo sensible en inteligible y lo convierte en el ictu oculi, en un regreso al puro y simple acto de ver. La televisión produce imágenes y anula los conceptos, y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella toda nuestra capacidad de entender.
de un cerebro. Sin embargo, todo ello son sólo distorsiones de esos conceptos en cuestión; y las posibles traducciones que he sugerido no traducen prácticamente nada. La imagen de un hombre sin trabajo no nos lleva a comprender en modo alguno la causa del desempleo y cómo resolverlo. De igual manera, el hecho de mostrar a un detenido que abandona la cárcel no nos explica la libertad, al igual que la figura de un pobre no nos explica la pobreza, ni la imagen de un enfermo nos hace entender qué es la enfermedad. Así pues, en síntesis, todo el saber del horno sapiens se desarrolla en la esfera de un mundus intelligibilis (de conceptos y de concepciones mentales) que no es en modo alguno el mundus sensibilis, el mundo percibido por nuestros sentidos. Y la cuestión es ésta: la televisión invierte la evolución de lo sensible en inteligible y lo convierte en el ictu oculi, en un regreso al puro y simple acto de ver. La televisión produce imágenes y anula los conceptos, y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella toda nuestra capacidad de entender.
Para el sensismo (una doctrina epistemológica abandonada por todo el
mundo, desde hace tiempo) las ideas son calcos derivados de las experiencias
sensibles. Pero es al revés. La idea, escribía Kant, es «un concepto necesario
de la razón al cual no puede ser dado en los sentidos ningún objeto adecuado (kongruirender
Gegensland)», Por tanto, lo que nosotros vemos o percibimos concretamente no produce
«ideas», pero se insiere en ideas (o conceptos) que lo encuadran y lo «significan».
Y éste es el proceso que se
atrofia cuando el horno sapiens es suplantado por el horno videns.
Este último, el lenguaje conceptual (abstracto) es sustituido por el lenguaje
perceptivo (concreto) que es infinitamente más pobre: más pobre no sólo en
cuanto a palabras (al número de palabras), sino sobre todo en cuanto a la
riqueza de significado, es decir, de capacidad connotativa.
Una tercera respuesta —la verdaderamente
seria— es que palabra e imagen no se contraponen. Contrariamente a cuanto vengo
afirmando, entender mediante conceptos y entender a través de la vista se
combinan en una «suma positiva», reforzándose o al menos integrándose el uno en
el otro. Así pues, la tesis es que el hombre que lee y el hombre que ve, la
cultura escrita y la cultura audio-visual, dan lugar a una síntesis armoniosa.
A ello respondo que si fuera así, sería perfecto. La solución del problema
debemos buscarla en alguna síntesis armónica. Aunque de momento los hechos
desmienten, de modo palpable, que el hombre que lee y el horno videns se
estén integrando en una suma positiva. La relación entre los dos —de hecho— es
una «suma negativa» (como un juego en el cual pierden todos).
El dato de fondo es el siguiente: el hombre
que lee está decayendo rápidamente, bien se trate del lector de libros como del
lector de periódicos. En España como en Italia, un adulto de cada dos no lee ni
siquiera un libro al año. En Estados Unidos, entre 1970 y 1993, los diarios
perdieron casi una cuarta parte de sus lectores. Por más que se quiera afirmar
que la culpa de este veloz descenso es la mala calidad o la equivocada
adaptación de los periódicos a la competencia televisiva, esta explicación no
es suficientemente aclaratoria.
Cuentas aparte, tenemos el hecho de que la
imagen no da, por sí misma, casi ninguna inteligibilidad. La imagen debe ser
explicada; y la explicación que se da de ella en la televisión es insuficiente.
Si en un futuro existiera una televisión que explicara mejor (mucho mejor),
entonces el discurso sobre una integración positiva entre horno sapiens y
horno videns se podrá reanudar. Pero por el momento, es verdad que no
hay integración, sino sustracción y que, por tanto, el acto de ver está
atrofiando la capacidad de entender.
Por
tanto, la conclusión vuelve a ser que un «conocimiento mediante imágenes» no es
un saber en el sentido cognoscitivo del término y que, más que difundir el
saber erosiona los contenidos del mismo.
7. INTERNET Y «<CIBERNAVEGACIÓN>
El problema es si Internet producirá o no un
crecimiento cultural. En teoría debería ser así, pues el que busca conocimiento
en Internet, lo encuentra. La cuestión es qué número de personas utilizarán
Internet como instrumento de conocimiento. El obstáculo, du1-ante este largo
camino, es que el niño de tres o cuatro años se inicia con la televisión. Por
tanto, cuando llega a Internet su interés cognoscitivo no está sensibilizado
para la abstracción.
Pero la mayoría de los usuarios de Internet
no es, y preveo que no será, de esta clase. La paideia del vídeo hará
pasar a Internet a analfabetos culturales que rápidamente olvidarán lo poco que
aprendieron en la escuela y, por tanto, analfabetos culturales que matarán su
tiempo libre en Internet, en compañía de «almas gemelas» deportivas, eróticas,
o de pequeños hobbies. Para este tipo de usuario, Internet es sobre todo
un terrific way to waste time, un espléndido modo de perder el tiempo,
invirtiéndolo en futilidades. Se pensará que esto no tiene nada de malo. Es
verdad, pero tampoco hay nada bueno. Y, por supuesto, no representa progreso
alguno, sino todo lo contrario manejarán los ordenadores, jugarán y
experimentarán con ellos.
(...). Sea como fuere, para los comunes
mortales la navegación cibernética es sólo una especie de vídeo-juego. Y si
toman esta navegación demasiado en serio, los cibernautas «comunes» corren el
riesgo de perder el sentido de la realidad, es decir, los límites entre lo
verdadero y lo falso, entre lo existente y lo imaginario. Para ellos todo se
convierte en trampa y manipulación y todo puede ser manipulado y falseado. Pero
como las realidades virtuales son juegos que no tienen probabilidades de
convertirse en realidades materiales, (…).
8. VÍDEOPOLÍT1CA
La televisión se caracteriza por una cosa: entretiene, relaja y
divierte. Como decía anteriormente, cultiva al horno ludens; pero la
televisión invade toda nuestra vida, se afirma incluso como un demiurgo.
Después de haber «formado» a los niños continúa formando, o de algún modo,
influenciando a los adultos por medio de la «información».
En primer lugar, les informa de noticias (más que de nociones), es
decir, proporciona noticias de lo que acontece en el mundo, por lejano o
cercano que sea. La mayoría de estas noticias terminan por ser deportivas, o
sobre sucesos, o sobre asuntos del corazón (o lacrimógenas) o sobre diferentes
catástrofes. Lo que no es óbice para que las noticias de mayor repercusión, de
mayor importancia objetiva, sean las que tratan de información política, las
informaciones sobre la polis (nuestra o ajena). Saber de política es
importante aunque a muchos no les importe, porque la política condiciona toda
nuestra vida y nuestra convivencia. La ciudad perversa nos encarcela, nos hace
poco o nada libres; y la mala política —que obviamente incluye la política
económica— nos empobrece (cfr Sartori, 1993, págs. 313-316).
La televisión condiciona, o puede
condicionar, fuertemente el gobierno, es decir; las decisiones del gobierno: lo
que un gobierno puede y no puede hacer, o decidir lo que va a hacer.
9. LA FORMACIÓN DE LA OPINIÓN
Si la democracia tuviera que ser un sistema de gobierno guiado y
controlado por la opinión de los gobernados, entonces la pregunta que nos
deberíamos replantear es: ¿cómo nace y cómo se forma una opinión pública?
Casi siempre, o con mucha frecuencia, la
opinión pública es un «dato» que se da por descontado. Existe y con ello: es
suficiente. Es como si las opiniones de la opinión pública fueran, como las
ideas de Platón, ideas innatas. En primer lugar, la opinión pública tiene una
ubicación, debe ser colocada: es el conjunto de opiniones que se encuentra en
el público o en los públicos. Pero la noción de opinión pública denomina sobre todo
opiniones generalizadas del público, opiniones endógenas, las cuales son del
público en el sentido de que el público es realmente el sujeto principal.
Debernos añadir que una opinión se denomina pública no sólo porque es del público,
sino también porque implica la res publica, la cosa pública, es decir,
argumentos de naturaleza pública: los intereses generales, el bien común, los
problemas colectivos.
10. MENOS INFORMACIÓN
He dicho que el gobierno de los sondeos se
basa, inter alia, en opiniones desinformadas. Una consideración que nos
lleva al problema de la información. El mérito casi indiscutible de la
televisión es que «informa»; al menos eso nos dicen. Pero empecemos por aclarar
el concepto. Informar es propocionar
noticias, y esto incluye noticias sobre nociones. Se puede estar informado de
acontecimientos, pero también del saber. Aun así debemos puntualizar que información
no es conocimiento, no es saber en el significado eurístico del término.
Por sí misma, la información no lleva a comprender las cosas: se puede estar
informadísimo de muchas cuestiones, y a pesar de ello no comprenderlas. Es
correcto, pues, decir que la información da solamente nociones.
¿Y la televisión? Admitamos que la televisión
informa todavía más que la radio, en el sentido de que llega a una audiencia
aún más amplia. Pero la progresión se detiene en este punto. Porque la
televisión da menos informaciones que cualquier otro instrumento de
información. Además, con la televisión cambia radicalmente el criterio de
selección de las informaciones o entre las informaciones.
El
hecho de informarse requiere una inversión de tiempo y de atención; y llega a
ser gratificante —es un coste que compensa— sólo después de que la información
almacenada llega a su masa crítica. Para amar la música es necesario saber un
poco de música, si no Beethoven es un ruido; para amar el fútbol es necesario
haber entendido cuál es la naturaleza del juego; para apasionarse con el
ajedrez hace falta saber cómo se mueven las piezas. Análogamente, el que ha
superado el «umbral crítico», en lo que se refiere a la política y a los
asuntos internacionales, capta al vuelo las noticias del día, porque comprende
enseguida el significado y las implicaciones. Pero el que no dispone de
«almacén» realiza un esfuerzo, no asimila los mismos datos y por ello pasa a
otra cosa.
11. TAMBIÉN LA IMAGEN MIENTE
Es difícil negar que una mayor
subinformación y una mayor desinformación son los puntos negativos del tele-
ver. Aun así —se rebate— la televisión supera a la información escrita porque
«la imagen no miente» (éste era el lema favorito de Walter Cronkite, el decano
de los anchormen de la televisión americana). No miente, no puede
mentir, porque la imagen es la que es y, por así decirlo, habla por sí misma.
Si fotografiamos algo, ese algo existe y es como se ve.
No hay duda de que los noticiarios de la televisión ofrecen al
espectador la sensación de que lo que ve es verdad, que los hechos vistos por
él suceden tal y como él los ve.
Y, sin embargo, no es así. La televisión puede mentir y falsear la
verdad, exactamente igual que cualquier otro instrumento de comunicación. La
diferencia es que la «fuerza de la veracidad» inherente a la imagen hace la
mentira más eficaz y, por tanto, más peligrosa.
La vídeo-política está a sus anchas en los
llamados talk-shows, que en Estados Unidos y en Inglaterra están
realizados por periodistas realmente buenos e independientes. En el debate bien
dirigido, al que miente se le contradice enseguida, pero esto sucede porque en
los talk-shows (como su propio nombre indica) se habla y, por tanto, en
este contexto, la imagen pasa a segundo plano. Siempre cuenta el hecho de que
las personas sean poco fotogénicas, ya que hay rostros que no traspasan la
pantalla (que no llegan al público). Pero lo que de verdad cuenta es lo que se
dice y cómo se dice. Esto es así en la televisión que mejor nos informa que es,
desafortunadamente, una televisión atípica. En la típica, todo se centra en la
imagen, y lo que se nos muestra —repito— puede engañarnos perfectamente. Una
fotografía miente si es el resultado de un fotomontaje. Y la televisión de los
acontecimientos, cuando llega al espectador, es toda ella un fotomontaje.
Disponemos también de experimentos que
confirman que en televisión las mentiras se venden mejor. En Inglaterra un
famoso comentarista dio —en el Daily Telegraph, en la radio y en la
televisión— dos versiones de sus películas favoritas, una verdadera y otra
descaradamente falsa. Un grupo de 40.000 personas —telespectadores, oyentes y
lectores— respondió a la pregunta de en cuál de las dos entrevistas decía la
verdad. Los más sagaces para descubrir las mentiras fueron los oyentes de la
radio (más del 73 por ciento), mientras que sólo el 52 por ciento de los
telespectadores las descubrieron. Y este resultado parece plausible. Yo lo interpretaría así: el vídeo-dependiente
tiene menos sentido crítico que quien es aún un animal simbólico adiestrado en
la utilización de los símbolos abstractos. Al perder la capacidad de
abstracción perdemos también la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo
falso.
