Ficha de Antropología - Selección de
texto de Marx.
El trabajo diferencia el hombre de los animales
(La ideología alemana)
“La primera premisa de toda historia humana es,
naturalmente la existencia de individuos humanos vivientes. El primer estado de
hecho comprobable es, por tanto, la organización corpórea de estos individuos
y, como consecuencia de ello, su comportamiento hacia el resto de la
naturaleza. No podemos entrar a examinar aquí, naturalmente, ni la contextura
física de los hombres mismos ni las condiciones naturales con que los hombres
se encuentran: las geológicas, las oro-hidrográficas, las climáticas y las de
otro tipo. Toda historiografía tiene necesariamente que partir de estos
fundamentos naturales y de la modificación que experimentan en el curso de la
historia por la acción de los hombres.
Podemos distinguir al hombre de los animales por
la conciencia, por la religión o por lo que se quiera. Pero el hombre mismo se
diferencia de los animales a partir del momento en que comienza a producir sus
medios de vida, paso éste que se halla condicionado por su organización
corporal. Al producir sus medios de vida, el hombre produce indirectamente su
propia vida material.
El modo como los hombres producen sus medios de
vida depende, ante todo, de la naturaleza misma de los medios de vida con que
se encuentran y que se trata de reproducir. Este modo de producción no debe
considerarse solamente en cuanto es la reproducción de la existencia física de
los individuos. Es ya, más bien, un determinado modo de la actividad de estos
individuos, un determinado modo de manifestar su vida, un determinado modo de
vida de los mismos. Tal y como los individuos manifiestan su vida, así son. Lo
que son coincide, por consiguiente, con su producción, tanto con lo que producen
como con el modo cómo producen. Lo que los individuos son depende, por tanto,
de las condiciones materiales de su producción”[1].
El trabajo como proyecto.
(El Capital)
“El trabajo es en primer término, un proceso
entre la naturaleza y el hombre, proceso en que éste realiza, regula y controla
mediante su propia acción su intercambio de materias con la naturaleza. En este
proceso, el hombre se enfrenta como un poder natural con la materia de la
naturaleza. Pone en acción las fuerzas naturales que forman su corporeidad, los
brazos y las piernas, la cabeza y la mano, para de ese modo asimilarse, bajo
una forma útil para su propia vida, las materias que la naturaleza le brinda. Y
a la par que de ese modo actúa sobre la naturaleza exterior a él y la transforma,
transforma su propia naturaleza, desarrollando las potencias que dormitan en él
y sometiendo el juego de sus fuerzas a su propia disciplina. Aquí, no vamos a
ocuparnos, pues no nos interesan, de las primeras formas de trabajo, formas
instintivas y de tipo animal. Detrás de la fase en que el obrero se presenta en
el mercado de mercancías como vendedor de su propia fuerza de trabajo, aparece,
en un fondo prehistórico, la fase en que el trabajo humano no se ha desprendido
aún de su primera forma instintiva. Aquí, partimos del supuesto del trabajo
plasmado ya bajo una forma en la que pertenece exclusivamente al hombre. Una
araña ejecuta operaciones que semejan a las manipulaciones del tejedor, y la
construcción de los panales de las abejas podría avergonzar, por su perfección,
a más de un maestro de obras. Pero, hay algo en que el peor maestro de obras
aventaja, desde luego, a la mejor abeja, y es el hecho de que, antes de
ejecutar la construcción, la proyecta en su cerebro. Al final del proceso de
trabajo, brota un resultado que antes de comenzar el proceso existía ya en la
mente del obrero; es decir, un resultado que tenía ya existencia ideal. El
obrero no se limita a hacer cambiar de forma la materia que le brinda la
naturaleza, sino que, al mismo tiempo, realiza en ella su fin, fin que él sabe
que rige como una ley las modalidades de su actuación y al que tiene
necesariamente que supeditar su voluntad. Y esta supeditación no constituye un
acto aislado. Mientras permanezca trabajando, además de esforzar los órganos
que trabajan, el obrero ha de aportar esa voluntad consciente del fin a que
llamamos atención, atención que deberá ser tanto más reconcentrada cuanto menos
atractivo sea el trabajo, por su carácter o por su ejecución, para quien lo
realiza, es decir, cuanto menos disfrute de él el obrero como de un juego de
sus fuerzas físicas y espirituales”[2].
La alienación
(Manuscritos: Economía y filosofía)
¿En qué consiste, entonces, la enajenación del
trabajo?
Primeramente en que el trabajo es
exterior al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su trabajo,
el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino
desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que
mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente
en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo cuando no
trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario,
sino forzado, trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad,
sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su
carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no
existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de
la peste. El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un
trabajo de autosacrifcio, de ascetismo. En último término, para el trabajador
se muestra la exterioridad del trabajo en que éste no es suyo, sino de otro,
que no le pertenece; en que cuando está en él no se pertenece a sí mismo, sino
a otro. Así como en la religión la actividad propia de la fantasía humana, de
la mente y del corazón humanos, actúa sobre el individuo independientemente de
él, es decir, como una actividad extraña, divina o diabólica, así también la
actividad del trabajador no es su propia actividad. Pertenece a otro, es la
pérdida de sí mismo. [...]