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1) Delmira Agustini
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lunes, 27 de abril de 2015
Epicuro
Epicuro
Datos
biográficos e introductorios
Filósofo griego fundador del Jardín y del epicureísmo.
En el
Aunque en el Jardín se efectuaban investigaciones
filosóficas, no era un centro de enseñanza para discípulos nuevos sino que,
fundamentalmente, era el lugar de reunión y de convivencia de amigos (incluidos
mujeres y esclavos) que compartían unas mismas ideas y una misma orientación
vital. Y es que Epicuro entendía la filosofía fundamentalmente como
investigación de la felicidad humana, como reflexión acerca de los temores que
atenazan a los hombres (el miedo a la muerte, el miedo a los dioses, el deseo desmesurado
de placeres y el miedo al dolor) y como lucha contra los prejuicios y las ideas
que sitúan la felicidad en otra vida. Consecuentemente con estas ideas, y con
su máxima: «vive retirado», prefería la compañía de sus amigos antes que el
aplauso público. No obstante, esta vida retirada no la concebía como un
alejamiento total de la sociedad, ya que él mismo participaba en diversos actos
colectivos, sino que la entendía como una forma de vida basada en el sosiego.
El contexto histórico
en el que se enmarca la filosofía de Epicuro es el llamado período helenístico,
marcado especialmente por grandes modificaciones sociales surgidas de las
conquistas de Alejandro Magno, que conllevaron el fin del ideal de la polis tal como había sido entendida
hasta entonces. Las polis pierden su autarquía (independencia política) y
aparecen solamente como provincias de un vasto imperio, lo que generó la
aparición de una nueva mentalidad y de un nuevo espacio mental capaz de
abordar, de una forma nueva, el distinto marco de convivencia humana, de manera
que la pérdida del sentimiento de colectividad que acompañó a la pérdida del
ideal de la polis clásica produjo cambios en todos los ámbitos del pensamiento.
Las polis, ceden su importancia y funcionalidad a una gran monarquía que se
gobierna desde una capital lejana; las ciudades son ciudades de súbditos
gobernados por funcionarios, más que una sociedad de ciudadanos interesados en
la vida pública; no interesa tanto la ciudad, como la propia autarquía, y la
filosofía deja de ser sistemática y se convierte en forma de vida orientada a
la felicidad del individuo. Como contrapartida, surge un nuevo espíritu
cosmopolita, que hace que las personas cultas se consideren “ciudadanos del
mundo”. En este ambiente, surgen las nuevas escuelas morales y el nuevo ideal
del sabio del que la filosofía epicúrea es un ejemplo.
La filosofía de Epicuro
Epicuro dividió la filosofía en tres partes: la Canónica (lógica y teoría
del conocimiento), la Física
y la Ética. Pero, puesto que concibe la filosofía como una reflexión para
alcanzar la felicidad, la
Canónica y la
Física estaban en función de la Ética.
En su concepción ética, Epicuro defiende el hedonismo,
y sostiene que el fin de la vida humana es el placer, pero no se trata del
placer puramente material, sino que es más bien de índole espiritual y afectivo
y, por tanto, tranquilo y duradero. Las numerosas críticas a las que fue
sometido el epicureísmo y las grandes deformaciones ideológicas a las que se
vio sometido, muestran el inmenso grado de agresividad que provocaron sus
ideas. Así, se le acusó de libertino y de vivir como los cerdos, preocupado
solamente de los placeres sensuales. Sin embargo, para Epicuro, el auténtico
placer sólo se alcanza cuando se consigue la autarquía, el pleno dominio de uno
mismo, de los propios deseos y afecciones. Pero, esta autarquía no es entendida
por Epicuro como un estado de completa insensibilidad y eliminación de todas
las pasiones sino que es la eliminación de los obstáculos que se oponen a la
felicidad: los temores y las preocupaciones, las penas y los dolores. El sabio
será aquél que conozca las verdaderas necesidades, que deben reducirse a lo
indispensable para que no nos inquieten los deseos de poseer más, ya que el
verdadero placer no se halla en los bienes materiales, sino en el saber y la
amistad. El cuidado de estos bienes, así como la consecución de los placeres,
producen la ataraxia, es decir, la serenidad y el equilibrio del ánimo. Los
placeres materiales deben saber dosificarse y han de ordenarse en función de
los placeres espirituales, que son de mayor valía. Con ello, se eliminan los
otros dos obstáculos que impiden la felicidad: la búsqueda desordenada de
placeres y el miedo al dolor.
Carta
a Meneceo[1]
“Cuando se es joven, no hay que vacilar en filosofar,
y cuando se es viejo, no hay que cansarse de filosofar. Porque nadie es
demasiado joven o demasiado viejo para
cuidar su alma. Aquel que dice que la hora de filosofar aún no ha llegado,
o que ha pasado ya, se parece al que dijese que no ha llegado aún el momento de
ser feliz, o que ya ha pasado. Así pues, es necesario filosofar cuando se es
joven y cuando se es viejo: en el segundo caso para rejuvenecerse con el
recuerdo de los bienes pasados, y en el primer caso para ser, aún siendo joven,
tan intrépido como un viejo ante el porvenir. Por tanto hay que estudiar los medios de alcanzar la felicidad, porque,
cuando la tenemos, lo tenemos todo, y cuando no la tenemos lo hacemos todo para
conseguirla.
Por consiguiente, medita y practica las enseñanzas que
constantemente te he dado, pensando que son los principios de una vida bella.
En primer lugar, debes saber que Dios es un ser
viviente inmortal y bienaventurado, como indica la noción común de la
divinidad, y no le atribuyas nunca ningún carácter opuesto a su inmortalidad y
a su bienaventuranza. Al contrario, cree en todo lo que puede conservarle esta
bienaventuranza y esta inmortalidad. Porque los dioses existen, tenemos de
ellos un conocimiento evidente; pero no son como cree la mayoría de los hombres.
No es impío el que niega los dioses del común de los hombres, sino al
contrario, el que aplica a los dioses las opiniones de esa mayoría. Porque las
afirmaciones de la mayoría no son anticipaciones, sino conjeturas engañosas. De
ahí procede la opinión de que los dioses causan a los malvados los mayores
males y a los buenos los más grandes bienes. La multitud, acostumbrada a sus
propias virtudes, sólo acepta a los dioses conformes con esta virtud y
encuentra extraño todo lo que es distinto de ella.
En segundo lugar, acostúmbrate a pensar que la muerte
no es nada para nosotros, puesto que el bien y el mal no existen más que en la
sensación, y la muerte es la privación de sensación. Un conocimiento exacto de
este hecho, que la muerte no es nada para nosotros, permite gozar de esta vida
mortal evitándonos añadirle la idea de una duración eterna y quitándonos el
deseo de la inmortalidad. Pues en la vida nada hay temible para el que ha
comprendido que no hay nada temible en el hecho de no vivir. Es necio quien
dice que teme la muerte, no porque es temible una vez llegada, sino porque es
temible el esperarla. Porque si una cosa no nos causa ningún daño en su
presencia, es necio entristecerse por esperarla. Así pues, el más espantoso de
todos los males, la muerte, no es nada para nosotros porque, mientras vivimos,
no existe la muerte, y cuando la muerte existe, nosotros ya no somos. Por tanto
la muerte no existe ni para los vivos ni para los muertos porque para los unos
no existe, y los otros ya no son. La mayoría de los hombres, unas veces teme la
muerte como el peor de los males, y otras veces la desea como el término de los
males de la vida. El sabio, por el contrario, ni desea ni teme la muerte, ya
que la vida no le es una carga, y tampoco cree que sea un mal el no existir.
Igual que no es la abundancia de los alimentos, sino su calidad lo que nos
place, tampoco es la duración de la vida la que nos agrada, sino que sea grata.
En cuanto a los que aconsejan al joven vivir bien y al viejo morir bien, son
necios, no sólo porque la vida tiene su encanto, incluso para el viejo, sino
porque el cuidado de vivir bien y el cuidado de morir bien son lo mismo. Y
mucho más necio es aún aquel que pretende que lo mejor es no nacer, «y cuando
se ha nacido, franquear lo antes posible las puertas del Hades». Porque, si
habla con convicción, ¿por qué él no sale de la vida? Le sería fácil si está
decidido a ello. Pero si lo dice en broma, se muestra frívolo en una cuestión
que no lo es. Así pues, conviene recordar que el futuro ni está enteramente en
nuestras manos, ni completamente fuera de nuestro alcance, de suerte que no
debemos ni esperarlo como si tuviese que llegar con seguridad, ni desesperar
como si no tuviese que llegar con certeza.
En tercer lugar, hay que comprender que entre los
deseos, unos son naturales y los otros vanos, y que entre los deseos naturales,
unos son necesarios y los otros sólo naturales. Por último, entre los deseos
necesarios, unos son necesarios para la felicidad, otros para la tranquilidad
del cuerpo, y los otros para la vida misma. Una teoría verídica de los deseos
refiere toda preferencia y toda aversión a la salud del cuerpo y a la ataraxia
del alma[2], ya
que en ello está la perfección de la vida feliz, y todas nuestras acciones
tienen como fin evitar a la vez el sufrimiento y la inquietud. Y una vez que lo
hemos conseguido, se dispersan todas las tormentas del alma, porque el ser vivo
ya no tiene que dirigirse hacia algo que no tiene, ni buscar otra cosa que
pueda completar la felicidad del alma y del cuerpo. Ya que buscamos el placer
solamente cuando su ausencia nos causa un sufrimiento. Cuando no sufrimos no
tenemos ya necesidad del placer.
Por ello decimos que el placer es el principio y el
fin de la vida feliz. Lo hemos reconocido como el primero de los bienes y
conforme a nuestra naturaleza, él es el que nos hace preferir o rechazar las
cosas, y a él tendemos tomando la sensibilidad como criterio del bien. Y puesto
que el placer es el primer bien natural, se sigue de ello que no buscamos
cualquier placer, sino que en ciertos casos despreciamos muchos placeres cuando
tienen como consecuencia un dolor mayor. Por otra parte, hay muchos
sufrimientos que consideramos preferibles a los placeres, cuando nos producen
un placer mayor después de haberlos soportado durante largo tiempo. Por
consiguiente, todo placer, por su misma naturaleza, es un bien, pero todo
placer no es deseable. Igualmente todo dolor es un mal, pero no debemos huir
necesariamente de todo dolor. Y por tanto, todas las cosas deben ser apreciadas
por una prudente consideración de las ventajas y molestias que proporcionan. En
efecto, en algunos casos tratamos el bien como un mal, y en otros el mal como
un bien.
A nuestro entender la autarquía[3] es un
gran bien. No es que debamos siempre contentarnos con poco, sino que, cuando
nos falta la abundancia, debemos poder contentarnos con poco, estando
persuadidos de que gozan más de la riqueza los que tienen menos necesidad de
ella, y que todo lo que es natural se obtiene fácilmente, mientras que lo que
no lo es se obtiene difícilmente. Los alimentos más sencillos producen tanto
placer como la mesa más suntuosa, cuando está ausente el sufrimiento que causa
la necesidad; y el pan y el agua proporcionan el más vivo placer cuando se
toman después de una larga privación. El habituarse a una vida sencilla y
modesta es pues un buen modo de cuidar la salud y además hace al hombre animoso
para realizar las tareas que debe desempeñar necesariamente en la vida. Le
permite también gozar mejor de una vida opulenta cuando la ocasión se presente,
y lo fortalece contra los reveses de la fortuna. Por consiguiente, cuando
decimos que el placer es el soberano bien, no hablamos de los placeres de los
pervertidos, ni de los placeres sensuales, como pretenden algunos ignorantes
que nos atacan y desfiguran nuestro pensamiento. Hablamos de la ausencia de
sufrimiento para el cuerpo y de la ausencia de inquietud para el alma. Porque
no son ni las borracheras, ni los banquetes continuos, ni el goce de los
jóvenes o de las mujeres, ni los pescados y las carnes con que se colman las
mesas suntuosas, los que proporcionan una vida feliz, sino la razón, buscando
sin cesar los motivos legítimos de elección o de aversión, y apartando las
opiniones que pueden aportar al alma la mayor inquietud.
Por tanto, el principio de todo esto, y a la vez el
mayor bien, es la sabiduría. Debemos considerarla superior a la misma
filosofía, porque es la fuente de todas las virtudes y nos enseña que no puede
llegarse a la vida feliz sin la sabiduría, la honestidad y la justicia, y que
la sabiduría, la honestidad y la justicia no pueden obtenerse sin el placer. En
efecto, las virtudes están unidas a la vida feliz, que a su vez es inseparable
de las virtudes.
¿Existe alguien al que puedas poner por encima del
sabio? El sabio tiene opiniones piadosas sobre los dioses, no teme nunca la
muerte, comprende cuál es el fin de la naturaleza, sabe que es fácil alcanzar y
poseer el supremo bien, y que el mal extremo tiene una duración o una gravedad
limitadas.
En cuanto al destino,
que algunos miran como un déspota, el sabio se ríe de él. Valdría más, en
efecto, aceptar los relatos mitológicos sobre los dioses que hacerse esclavo de
la fatalidad de los físicos: porque el mito deja la esperanza de que honrando a
los dioses los haremos propicios mientras que la fatalidad es inexorable. En
cuanto al azar (fortuna, suerte), el sabio no cree, como la mayoría, que sea un
dios, porque un dios no puede obrar de un modo desordenado, ni como una causa
inconstante. No cree que el azar distribuya a los hombres el bien y el mal, en
lo referente a la vida feliz, sino que sabe que él aporta los principios de los
grandes bienes o de los grandes males. Considera que vale más mala suerte
razonando bien, que buena suerte razonando mal. Y lo mejor en las acciones es
que la suerte dé el éxito a lo que ha sido bien calculado.
Por consiguiente, medita estas cosas y las que son del
mismo género, medítalas día y noche, tú solo y con un amigo semejante a ti. Así
nunca sentirás inquietud ni en tus sueños, ni en tus vigilias, y vivirás entre
los hombres como un dios. Porque el hombre que vive en medio de los bienes
inmortales ya no tiene nada que se parezca a un mortal.”
[1] Extraído de “Textos de los
grandes filósofos. Edad Antigua”, Ed. Herder, Barcelona,1982
[2]
“Ataraxia del alma” es la búsqueda de la paz para ella por la plenitud del
placer (espiritual) que debe ser acompañado por la ausencia del dolor físico.
[3]
“Autarquía”, aplicado al hombre, significa aquél que se basta a sí mismo, aquel
que se gobierna a sí mismo. Es la forma de autonomía que procede de la carencia
de necesidades y de la indiferencia ante las riquezas, y de la vida conforme a
la naturaleza. Para los epicúreos la autarquía forma parte del sabio,
autosuficiente y libre,, que se domina a sí mismo, como condición para la
consecución de la felicidad.
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